
Es de las películas más hermosas que debe haber hecho USA en este siglo.
Sí. Así es.
David Gordon Green es un grande. Ojo...
Mientras sean imágenes, y se muevan: son pertinentes.




En los últimos 30 años, el género de animación (revolucionado por la tecnología digital), gozó de un deslumbrante desarrollo, tanto artístico como tecnológico. Reveer los primeros cortos de animación 3D: aquellos desafíos del primer Pixar (un centro de experimentación dentro de Lucas Films), resulta revelador en tanto demuestran que apenas en 1984 era imposible imaginar un fotograma de animación digital como los de hoy en día. La tecnología era tan precaria que alcanzar la narración, ni hablar de la expresividad, era un desafío prácticamente imposible. Ellos lo lograron.El título local: Bolt, un perro fuera de serie, tiene un doble sentido. Por un lado, la típica hipérbole remarcando la excepcionalidad de este perro; y por otro, más interesante aunque definitivamente choto, el anticipo de un detalle de la trama. Bolt es un actor de una serie de televisión engañado por los productores para que crea que la historia televisiva es su vida real. Es decir, Bolt cree que es un perro dotado de superpoderes: un super-ladrido, rayos oculares, la capacidad de saltar grandes distancias.
Resulta que una serie de sucesos desafortunados, llevarán al perro a la otra esquina del país, lejos de la segura mentira del estudio televisivo donde vive, donde comenzará la aventura de Bolt por salvar a su dueña (la co-estrella de la serie), secuestrada en la trama televisiva por el malvado del ojo verde.
Es interesantísmo de qué modo la narración va ampliando los límites del argumento. Los primeros veinte minutos de película pasean al espectador, ansioso por establecer las reglas de la película, por distintos géneros y distintas posibles películas. Es decir, demoramos en determinar cuál es el sentido que va a tomar la historia. Nos desnorteamos, y eso es siempre una hermosa sensación en el cine. Esto sólo puede surgir del buen pulso narrativo de los directores, Byron Howard y Chris Williams. Buen pulso en un sentido casi literal: la narración inicial del filme (más allá de la magistral secuencia de hiper-acción televisiva), requiere una precisión casi exacta, inevitable, para ser sustentable. Cuando escuchamos por primera vez hablar a los animales, que implica todo un nuevo rumbo en el filme: "ey, los animales también hablan aquí"; la disposición previa de los sucesos y el golpe final que da entrada a las voces felinas funciona porque, de algún modo, el rumbo de la película estaba orientado hacia allí. Ese "giro", o mejor, esa ampliación argumental a partir de la narración, es la consecuencia del golpe narrativo adecuado en el momento adecuado. En este caso, y en última instancia, me refiero al cierre del portón del estudio, que da lugar a los animales que viven allí.
Narrar 20 minutos de desnorteo sin perder la atención, no es tarea facil. Mantenerla durante el resto de la película, tampoco. Ambas cosas logra Bolt. ¿Cómo las logra? Con un centro. Pese a que no podemos determinar en el comienzo cuál será el rumbo de la película, sí podemos determinar de quién es la película. Y ese es Bolt. Si de actores se tratara (y algunos críticos confundieron al personaje con el actor que lo dota de voz), la actuación del perro sería halagada y multi-premiada. No hay diferencia, en realidad, entre aquello que lleva a un actor real a representar un gran personaje y lo que lleva a un estudio de animación a crear un gran personaje; esto es: un gran director. Bolt es un gran personaje porque tiene alma, porque existe en su representación; en capas, en estados que se desarrollan y mutan en el tiempo. Es un personaje al que le pasan cosas, eje del drama.
En este sentido, Bolt es una película vital, en el sentido de que está llena de vida. La ampliación argumental detallada más arriba culmina en el mundo mismo, en el universo si se quiere. Un universo creado con colores, contrastes y posiciones de cámara diferentes. El mundo está tanto más vivo en comparación al estudio televisivo, que parecerían ser hechos con diferentes técnicas de animación.
Y allí: en el mundo, fiel a sí misma, Bolt se convierte en una road-movie que representa ese recorrido vital del personaje. Recorrido orientado al encuentro y el re-encuentro. Encuentro con él mismo, en su asimilación de su propia y verdadera escencia, de su instinto; encuentro con un Otro, la fantástica gata Mittens y el graciosísimo hamster Rhino; y el reencuentro con su ser amado, su co-estrella o su "humana", retomando aquella idea de La Noche de las Narices Frías. Cuando estas cosas efectivamente suceden en un filme, la "empatía", o al menos el compromiso emotivo, es inevitable. Y por eso lloramos en el final de la película.
Podría analizarse el filme en otros niveles, de otros modos. Podría hablarse únicamente de el intutivo uso de la acción y de la imagen para narrar (por ejemplo, cuando nos cuentan que ella, la co-estrella, deja de buscar a Bolt con ella apretando un botón); o de la elegancia de la animación, quizá no vista antes (los paisajes y las lluvias son de una belleza impresionista). Podría analizarse en fotogramas, en técnicas y recursos cinematográficos.
Pero prefiero destacar algo más infantil, algo más propio de todas las grandes películas. Algo que está relacionado con el ser humano en su alma, en la emoción pura. "Por cada risa, una lágrima", dijo Walt Disney alguna vez, sentenciando la escencia del drama y del espíritu. Bolt es una de esas raras excepciones donde ese espíritu se expresa y sale a la Luz; en una mueca, en un cariño o, más precisamente, en una exacta expresión canina.
Los Coen sienten un enorme orgullo de ser los Coen. Es lógico y está bien que así sea, porque ser considerados "Los Coen" (mérito exclusivo de ellos), les permite hacer hoy lo que se les dé la endiablada gana. Esto, en el mundo del cine y desde mi punto de vista, es siempre algo positivo. Cuanto más libres sean los directores, más cerca podremos estar de verlos a ellos en la película.
Hay una cosa que es imposible que no suceda al ver Bee Movie: reírse. Reírse mucho, de muchas maneras. Por un lado, podemos decir que Bee es, efectivamente, un retorno de Jerry Seinfield y de su comedia; una producción más de Dream Works, que toma ese talento y lo anima en un mundo abejístico que opera exactamente igual al nuestro. Las abejas son como los humanos, con algunos caprichos diferentes. Es, muy en breve, el Seinfield de la serie hecho abeja y con una curiosa inocencia.
Hace unos días, copado con David Mamet, me ví dos películas. Una de él: Cinta Roja; y otra escrita por él y un poquito más: Edmond. No voy a tildarlo de genio revolucionario ni mucho menos, pero el loco maneja con muchísima precisión una cosa absolutamente fundamental para el cine: la dramatización. Jean Claude Carriere decía que lo peor que nos puede pasar como narradores es que nos sean indiferentes. Es imposible ser indiferente a Mamet. ¿Por qué? Porque cada suceso está intríncecamente relacionado con el siguiente ¿y/o? el anterior de tal forma que uno siente que está en uno de esos días donde pasa de todo y cortás y te llaman y te vas corriendo porque no llegas y en el camino ves un ómnibus que choca contra un tacho de basura y lo hace mierda y de él cae un maletín lleno de... ¡Eso! Dramatización. ¡Yo quiero saber lo que hay adentro del maletín la concha de la madre!
Estaba al tanto de que existe este tal XBox al cual se juega moviéndose realmente. Si tengo que tirar fruta digo que es como el invento post-maquinita-de-bailar, que conquistó a medio mundo.
Ayer vi "Go West" (La Conquista del Oeste, 1925) de Keaton. Es, creo, la quinta película que veo: Las Tres Edades, Las Siete Oportunidades, Nuestra Hospitalidad, El Boxeador... Sí, la quinta. También vi algunos de los primeros cortos de su carrera como actor, acompañando a Roscoe "Fatty" Arbuckle (director/actor de estos cortos).
Es raro sentarse a ver una película de Ridley Scott y no ser indiferente. Comunmente sus películas: estilizadas hasta la saturación, sin ningún compromiso con los sucesos narrados, videoclipadas al santo cuete, frívolas o superficiales, y mucho más cerca de la publicidad que del cine; generan, al menos en mí, una incredulidad tan drástica que me invitan a irme a la mierda.